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Fragmento:

                 El protagonista  del film es un dramaturgo llamado Caden Cotard,  cuyo propósito es el de crear una obra de teatro absoluta y omnicomprensiva, que capture la vida en  su verdad más profunda y dolorosa: «No aceptaré  nada que no sea la brutal verdad. Brutal. Brutal»

Sin embargo, Caden entra en crisis al no poder poner en  escena la verdad, pues ésta se escapa siempre de la  representación. El lenguaje deviene insuficiente y no  hay modo humano de expresarla. Asimismo, Caden  no se abandona a la ficción hasta el último momento: la lucha contra ella se traslada al plano vital y Caden  no cede hasta que no puede dar más de sí, hasta que las  fuerzas de la representación terminan por destruirlo.

No se trata, para Caden, de representar la «Realidad», sino de ir más allá; lo que se expone aquí es una continuación de la vida en el teatro:  «Ese vano sueño de ser, no de actuar sino de ser»

Sin embargo, el conflicto nace de  la imposibilidad de hallar dicho intervalo. Romper  el texto no es una tarea fácil. Las máscaras revelan más de lo que esconden y entre el ser y el parecer se  desprende una grieta: ¿qué hay detrás de la máscara? Un rostro vacío que es imposible capturar, pues detrás  de cada muro hay siempre uno más, preparado para defendernos del impacto contra la nada, «hórrido  abismo, inmenso/donde precipitando todo se olvida».  Existe una única realidad y  es incoherente, confusa y no tiene sentido. Ante esta dolorosa experiencia de la vida, el hombre no hace más que edificar muros para defenderse de ella. Pero, apilados uno encima de otro, los muros se han elevado de tal manera que nos impiden ver lo que hay detrás y ya ni siquiera somos capaces de identificar el umbral.

A pesar de todo, Caden no desiste y, en busca de dicho umbral, no cesa de derrumbar muros, pero la caída de cada muro no implica un acercamiento a la verdad, sino la aparición de un posterior subnivel ficcional y, tras éste, uno más, conformando una infinita espiral de relatos de cuya sutura la verdad siempre se escapa. De este modo, la obra teatral se expande y deviene cada vez más grande, con infinitas tramas y personajes que se entremezclan por los distintos niveles narrativos. Caden empieza a incluir actores que interpretan a los mismos actores, cámaras que no sólo graban la escena, sino que además forman parte de ella. Escenifica, pues, un teatro dentro del teatro, que acabará convirtiéndose en un teatro del teatro del teatro y así sucesivamente. Teatro y vida acaban fundiéndose y confundiéndose, y la obra se transforma en algo más grande que la vida misma

Caden es incapaz de ejercer un control sobre su propia creación, sobre el texto que no deja de reescribirse continuamente. La ficción y la puesta en escena se revelan más poderosas que la realidad: ellas son las que dan las pautas a Caden de cómo llevar a cabo su obra, de cómo vivir su propia vida, para revelar al final el profundo vacío de su existencia: «Tendré a alguien que me interprete, que cave en las tenebrosas, cobardes profundidades de mi solitaria, jodida existencia. Y también tomará notas, y estas notas se corresponderán con las notas que verdaderamente recibo cada día de mi Dios».

La incapacidad de dominar la ficción se  extiende necesariamente al mismo «yo», que pierde  el atributo de unidad, descubriéndose a sí mismo, en palabras de Luigi Pirandello, «uno, nessuno e centomila».

Caden, tratando de trascender los límites intrínsecos  de su subjetividad, de su «jodida existencia», acaba descentrándose y diluyéndose en todas las vidas con las que ha entrado y entra en contacto continuamente. Delimitar un personaje principal sobre el que fundar la obra ya no tiene sentido, pues, ante el voluble marco de narrativas que configuran la realidad, lo que llamamos «una vida», o «nuestra vida», no es más que un concepto, una laguna, una ficción que no se puede definir ni considerar sin tener en cuenta los infinitos accidentes que la rodean. La desaparición del centro estratégico impide establecer un proceso de identificación del espectador con los personajes; diferenciar la realidad de la ficción, la vida del teatro, deviene entonces imposible. «Ahora sé cómo hacerlo», afirma Caden, «hay casi trece millones de personas en el mundo. Quiero decir, ¿puedes imaginarte toda esa gente? Y ninguna de esas personas es un extra. Todos son protagonistas de sus propias historias. Y se les tiene que dar lo que se les debe». Toda especificación pierde importancia, pues, más allá de toda barrera «todos son todos».

¿Cómo poner fin a la ficción que nunca cesa? ¿Dónde se halla el umbral que separa la vida de la ficción, la vida de la muerte? El final, más allá de toda representación, lo impone la vida misma, y es en este punto donde la ficción y la obra, la creación y el creador se juntan, combatientes en una misma lucha. Y, sin embargo, no podemos escapar del final, siempre hay una última palabra, un último gesto, un telón preparado para clausurarlo todo. Luchar contra la vida significa también luchar contra la muerte, pero la única verdad es que nunca ganaremos la batalla: la muerte siempre está presente, brillando como un ojo en la noche que siempre, siempre nos devuelve la mirada. Todo tiene un fin, y quizás la obra de Caden no sea otra cosa que un intento fallido de trascender dicha finitud. «Todos nos precipitamos hacia la muerte.

De momento todavía estamos aquí, vivos. Cada uno de nosotros sabiendo que va a morir, cada uno de nosotros creyendo secretamente que no lo hará»Éste es el fin de la historia, de su historia: Caden Cotard muere tras recorrer el escenario abandonado y en ruinas de su obra, a la vez que comprende que después de la muerte no hay nada. Que somos seres transitorios destinados al olvido, que no hay nadie mirándonos y que nunca lo hubo. El profundo objetivo de Caden era en realidad simple: capturar un instante de la realidad para así poderlo revivir eternamente. De este modo, toda creación se convierte  en un instrumento para escapar de la muerte. Y es ahí donde radica todo el problema, pues la vida no se puede capturar; en el preciso momento en que la ponemos en escena, ésta se pierde y se convierte en otra cosa. No hay traducción posible. La vida es algo que nos atraviesa sin más. Lo único que nos queda es vivirla y aceptar que, tras nosotros, ésta seguirá avanzando, empujada por el inexorable paso del tiempo que todo lo destruye. Tras el fuego: ceniza, tan leve que basta un golpe de viento para diluirla en el abismo del olvido, donde permanecen todas las promesas incumplidas, todas las palabras nunca dichas. Y, sin embargo, nos quedaron tantas cosas por decir, tantas cosas por hacer.

La obra no hace eterno al creador. La obra persiste más allá de él y, tras la muerte, sólo ésta permanece, como un monstruo encerrado en un cajón al que nada le importamos. Romper el texto, demoler todos los muros,  que no hacen más que edificar una realidad ficticia, para al fin descubrirse solo, con las manos vacías y tendidas hacia el aire, dueño de una única certeza: «Nunca sabré. Ésta es la verdad», murmura Caden poco antes de morir. Crear es descender por nuestras pasiones y miedos más profundos, es destruirnos a nosotros mismos, para descubrir al final que nadie nos acompañará por los campos, que «el final se encuentra en el principio» y no podemos hacer más que retornar a nosotros mismos, a la página en blanco, al brutal y demoledor silencio, que sólo el eco de nuestro grito nos devuelve.

Fuente: revistaperiplo.com

Nota:  Si desea  que le envíe la  película directamente por dropbox puede solicitarlo a  abr.caro@gmail.com o en mi twitter @psicologeek.